27 septiembre 2012

ALGO DE CAMPING SALVAJE...



La llegada de unos amigos de Logroño, abrió esa ventanita de lo que quedó atrás al comenzar este viaje. El ayer, mezclado con los nuevos acontecimientos del presente. Un poco de aire nostálgico, y principios del descubrimiento de los estados cercanos a Colorado.

Antes redescubrir esos detalles de la ciudad que vas olvidando y que toman nuevos matices, sumadas a las esquinas que no habías observado aún. Si a eso le unimos bares, museos, callejones, galerías de arte, conciertos, el concepto holístico de Denver toma su máxima expresión, revelando su esencia sublime. Para lo bueno y para lo malo. Estado puro.



Desde la Biblioteca Municipal, con una gran sección de libros de temática nativa y tribal; a las galerías de la calle Santa Fé, donde cada primer viernes del mes hay exposiciones gratis, con comida para picar y algún concierto (por cierto, fuera de esto la calle se las trae como evidenciamos tras comprar unas cervezas en una licorería de barrio, personajes peculiares); los bares hipster (nueva tribu urbana que mezcla la estética de los primeros beats, Kerouac y contemporáneos, con el alternativismo de la postmodernidad, con aires de intelectualidad pero endosados en su dinero evidente, los modernitos indies de España, con más conciencia social), los rockeros (tatuajes al máximo, algo que diferencia a ésta ciudad de otras), alguno más normal y alguno más surrealista (como una tienda de manicura y peluquería convertida en pub nocturno con sus secadores de pelo y estética retro); la isla de los homeless, llamada a un pequeño parque donde se reúnen aquellos, esperando a que abran los centros de noche, donde alojarse lo que tengan suerte, en la ausencia de camas para todos; el Museo de Arte Contemporáneo, que además de cosas sin sentido, tiene un edificio con la segunda colección más extensa de artilugios en Estados Unidos (cerámica, cuadros, joyería, estatuas y más) de todo Suramérica y resto del mundo, divididos por culturas y evidenciando la exagerada expoliación de muchas de ellas, que coincidiendo con las visitadas en Suramérica, se encuentran aquí en mejores condiciones y en mayor cantidad (la cultura original y la ausencia de ella, con una sección de pueblos originarios de Norteamérica); los pianos públicos, donde tocan o lo intentan las personas que transitan por la peatonal calle 16 (el bus que la recorre es gratuito, algo bueno); el Coors Field, donde vimos nuestro primer partido de baseball, donde el equipo local (Rockies) perdió con poca clase, no es muy bueno, y vimos lo extenuantemente aburrido que es este deporte (en un descanso todo el estadio se levantó para cantar el himno norteamericano como homenaje a unos militares llegados del frente, de la invasión o su intento. Impactante); el verdor del City Park y la fotogenia del Civic Park; los grafitis, las casas clásicas, los rascacielos, las diferentes calles, los diversos barrios, las zonas tranquilas y las turísticas; un sinfín de detalles en una ciudad muy interesante para visitar, siempre reinventándose e innovando.







A las afueras de la ciudad, aparecen desde las pequeñas localidades con las casas en una alargada horizontalidad, al anfiteatro de Red Rocks (los mejores conciertos y shows de Dubstep, el estilo electrónico que triunfa en Norteamérica, a precios muy caros), pequeñas praderas con sus perritos, bisontes en reservas (tras años al borde de la extinción y su rehabilitación posterior, ahora los crían para consumo, cerca de Genesee Park) y montañas.





Los catorcemiles son los picos que superan los 14.000 pies de altura. Subimos uno, el Monte Evans (14.265 pies, 4.348 metros), por decir algo. Cuando vas hacia su base, te das cuenta que la carretera llega a unos 100 metros de la cumbre. Fácil, al estilo de aquí, donde a todos lados se llega en auto. Eso sí, las vistas son maravillosas, repletas de pinos y álamos, lagos y glaciares, y las cabras blancas peculiares y graciosas, que saltan y pastan a las mayores altitudes, las Mountain Goats. Además de una marmota que nos observaba intrigada. La presión de la altura en la cabeza nos daba pequeños síntomas de embriagadez.

4.348 msnm

Marmotilla

Boulder, es un municipio que se sitúa al norte de Denver, famoso por su onda hippie, que realmente no lo es así, pero que con las montañas cerca y un festival de fumadores de maría, se ha ganado su reputación. Sigue manteniendo la línea consumista del resto del país, pero bajo la línea orgánica. Más exclusivo para los que tengan ideas ecologistas, les guste los deportes de montaña, la tranquilidad, y tengan el dinero suficiente para unirlo todo.


Y cerca de otra localidad, Golden, donde se encuentra la fábrica de la cerveza Coors, aparece la tumba de Buffalo Bill. Leer sobre la vida de este individuo es bastante didáctico para entender la historia de su época, contradiciones en sus posturas ideológicas, y un espíritu que dejo constancia de su paso por el Salvaje Oeste. Yo creo, que favoreció el exterminio de los bisontes, y utilizó a los indios a su antojo, aunque los relatos se diferencian según su línea.

La tumba

Gerónimo

Toro Sentado


                                                                    HOMELAND


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Un poco más alejado, también hacia el norte, aparece Estes Park, la entrada al Parque Nacional de las Montañas Rocosas. La zona más protegida ya que la cordillera de las rocosas se extiende hasta Canadá y puedes verla desde todos los puntos cercanos a Denver. En la ciudad se encuentra, como dato freak, el hotel desde donde Stephen King escribió El Resplandor, pero no el mismo hotel que en la película. La ciudad es el estereotipo perfecto de localización turística invernal, preparadísima para el turismo de nieve.




Los primeros días pasaron como un suspiro. Una dinámica comparativa constante de lo que íbamos observando con lo aprendido. Las diferencias, sus similitudes, lo extraño, lo gracioso, las historias, el aprendizaje, y la empatía por compartir la ciudad donde residiré una temporada con la cercanía de donde residí anteriormente. Una experiencia inolvidable.

Prairie dog

Luego nos iríamos a cambiar de Estados. Alquilamos un pequeño auto que serviría como centro logístico y en ocasiones dormitorio, en nuestro periplo por el Oeste.

Las carreteras son interminables. Más cuando tomas las interestatales. La única ventaja es ir contemplando como te observan los enormes muros de las montañas en instantes trasformadas en cañones que te acogen en los suspiros de sus estrechamientos.

Al salir de Denver, y dejando atrás los rascacielos, en esa imagen tan característica de la ciudad por su unión del hormigón con la naturaleza, nos adentramos en territorio montañoso con destino al Monumento Nacional de Colorado.

Pasaríamos por Idaho Springs, el embalse de Dillon, el White River National Forest, rodeado de montañas escarpadas y de una robustez que quita la respiración en el respeto que profesan, Glenwood Springs y otros pequeños pueblos, bastante significativos de la alta montaña por su edificación en madera y diseño identificativo, otros con nombres absurdos como Rifle y Parachute (hay pueblos en los que no se mataron mucho la cabeza al ponerles nombres), para acabar pasando Grand Junction, puerta de entrada al Monumento, acompañados por el creciente ensanchamiento del río Colorado.

Sería de las pocas entradas que pagamos. A la salida nos dimos cuenta que no hay nadie en la caseta donde abonas la entrada al parque, que marca su perímetro, y que son iguales en todo el país. El horario de trabajo de los guardaparques acaba al anochecer y como es imposible cerrar los accesos por carretera, si entras a esas horas no pagas, que no es mucho, pero que te ahorras si vas a ver más que un parque. Luego hay campings dentro donde pasar la noche. O la otra opción es llegar por la mañana antes que el guardaparques abra la garita.

El Colorado National Monument es algo grandioso. También el estar casi sólo en las carreteras le da el aire místico que buscas al entrar en contacto con paisajes que no habías visto hasta ahora. Una fusión de imágenes evocando la unión con la tierra. Una erosión de sus componentes que da insignificancia a tu paso por ella. El centelleante brillo del rojo de sus escarpados cañones, antaño surcados por fluyentes acuosos, en formaciones dalianas, de imposibles gravitatorios, mientras surcas sus serpenteantes giros circulatorios, sorprendido por algún fauno despreocupado, da un carácter de ensueño a éste no tan promocionado espectacular paisaje. Todos sus miradores, sus instantes, sus destellos, dignifican. Magnánimo recorrido por sus entrañas, hasta acabar viendo el atardecer en la exclusividad del silencioso susurro del viento. Paralizados por otra definición de belleza, recuperamos nuestros sentidos obnubilados por las sombras del contraste allí presenciado. 








Caía nuestra primera noche en la travesía interestatal. Ahora es donde la improvisación nos llevaría a buscar un sitio donde dormir. Ya habíamos cruzado la frontera con Utah, el estado de los mormones, seres únicos dentro de las religiones organizadas. Empezaron las obras, reducciones a un carril que ralentizaban nuestra elección donde descansar por hoy.  Es increíble como en todos los países se repite ese gran engaño político que consiste en acabar todas las obras pendientes antes de las elecciones, y en Utah tienen unas cuantas.

Finalmente, tras circular entre carreteras secundarias y sin ver nada más que el cielo estrellado, imaginando sólo por las siluetas entre las sombras, estar rodeados de altos picos y tener el río al lado, acabamos encontrando unos campings cerca de la ribera. Autogestionados, y después de ver su funcionamiento, que se basa en la buena voluntad, decidimos que para unas horas que íbamos a dormir no pagaríamos. Al ser tarde no montamos la tienda de campaña. Una cena rápida y a dormir entre el coche y el suelo al raso.

El amanecer nos enseñó la majestuosidad del paraje. Entre un cañón de paredes rojizas y arropados por el río Colorado, nos encontrábamos en el principio de una tierra de formaciones rocosas asombrosas.

Tal como deducimos anteriormente, entramos al Arches National Park sin pagar, sin ser los únicos en empezar a circular por sus desérticas carreteras, observando la dinámica alineación de murallas rocosas, de arcos forjados en ellas, de cañones, de senderos de hiking, de imposibles localizaciones producto de la erosión de miles de años atrás, y de turismo de verano. Los principales miradores, cercanos a los arcos, se encontraban colapsados de autocaravanas y coches de espectacular madrugón. No nos impidió de disfrutar uno a uno, sus maravillosos paisajes.






Si no tienes tiempo de andar por senderos, que no son para nada difíciles, sólo tienes que ir parando de punto a punto, de mirador a mirador, hasta recorrer el parque. Y éste no era de los más extensos.





Pasamos por Moab, por las cercanías del Canyonlands National Park, Monticello y nos desviamos para darnos un baño en río Colorado en el Glen Canyon National Recreation Area. Antes de llegar veríamos ruinas de la cultura antigua de los Pueblo (para aquellos que fuman el tabaco de liar de la misma marca), que aun se identifican con ese nombre, más en el estado de Nuevo México. Sucesores de los Anasazi, cultura más antigua de Norteamérica, que situaban sus poblados entre grietas excavadas naturalmente en las paredes de las montañas, cerca de ríos. Una civilización que se repartía entre los cuatro estados de Colorado, Arizona, New Mexico y Utah, cuna de las civilizaciones y los pueblos nativos de esta parte del mundo. Porque no fueron los indios con plumas siempre los que habitaron el país. Aunque no se sabe nada de la desaparición repentina de los Anasazi, cuando no tenían ningún rival directo en sus tierras, mientras algunos escritores dicen que fue un colapso ecológico. Una parte de la historia del país que ignora su gran mayoría de habitantes.


Nuestra idea de pasar la noche cerca del Monument Valley, famoso por su aparición en el escenario de fondo de todas las películas western se vio truncada por el difícil cálculo de las distancias entre puntos. Solos en la carretera; sin poder discernir donde acababa el horizonte, entre la sequedad de un terreno predesértico, repetitivo hasta la extenuación, con la sola referencia de las montañas de fondo, y cruzando los dedos de que aguantara el coche, ante la desesperación que sería quedarse tirado en el medio de la nada; al fin, llegamos hacia el cruce con el Natural Bridges National Monument. Dudamos, pero decidimos no entrar e intentar llegar hacia el Monument Valley. Lo que no te dicen los mapas de carretera son las diferencias del relieve del terreno por el que transitas. 

Nos movíamos por la carretera 261, que se dirigía derecha hacia el monumento. Cuando empieza a caer la noche los conejos reaccionan como nadie ante los focos de los coches y tienes que andar con reflejos de lince para esquivarlos, más si estás en tierras plagadas de ellos y sin nada más luz que tu auto. Pareciera que hay un señor que los lanza contra ti. Recurrente broma durante el viaje nocturno.

Lo que tiene no leer bien las señales cuando es de noche y tienen muchas letras en inglés. La sorpresa fue que la carreta de asfalto pasó en segundos a convertirse en una de gravilla, en la que patinó el coche, a la vez que entre la nada vimos que estábamos al borde de un acantilado de un kilómetro de alto. Justo encima de una meseta que cambiaba de altitud en un plano perfectamente vertical, para pasar a otro nivel donde se encontraba la carreta que llevaba al Monument Valley. Frenó el coche, entre el asombro, el susto, las aceleradas palpitaciones de nuestros corazones, y el contraste paisajístico. Secreto para nosotros, deslumbrante en su proyección natural, acogido en el ocaso del día, ese escenario, en esos momentos, se engrandeció albergándose en los recuerdos de estos instantes. 

Roto el aturdimiento, decidimos pasar la noche en el Natural Bridges National Monument. Lo dicho. Entramos directamente al camping, en donde tampoco había nadie vigilando, ya dentro del parque, y con nocturnidad y alevosía, plantamos nuestro alojamiento nómada, asegurándonos que no estaba ocupada la parcela. A eso le llamamos camping salvaje. Buenas noches.

Desmontar la tienda antes de que nadie te vea y aprovechar a recorrer el parque sin personas jodiéndote las maravillosas vistas, es genial. Además de ser un espectáculo prodigioso, observar los puentes naturales, formados tras años de moldeamiento de esta zona granítica, donde habitaron los anasazi.


Ruinas Anasazi




De aquí nos volvimos ansiosos de volver a ver el recorrido de la noche anterior. Ese cambio drástico de verticalidad y esas sublimes vistas. Pasamos por el Mulie Point, que si lo otro era mágico, esto ya se va de madre. No es sólo el cambio de mesetas, si no que desde este mirador natural, se diferencia en la planicie inferior una zona de cañones que da la perspectiva surrealista de encontrarte entre tres dimensiones. Y al fondo las siluetas reconocibles del Monument Valley. Sin respiración, sin palabras, absortos en la meditación de ese paisaje apocalíptico, de las dimensiones desorbitantes de lo que estábamos contemplando. Luego bajaríamos por la zigzagueante carretera que se une con el plano inferior, continuar la 261 enlazándola con la 163, ruta escénica, que acabaría, tras circular por el desierto que se une con Arizona, pasando la extraña formación del Mexican Hat, literalmente, llegando al esperado monumento.




La sensación de desierto, unida a la nostalgia de esas escenas de películas desarrolladas aquí, le da un magnetismo especial a la zona. El tono rojizo de las piedras, de la arena, de esa erosión que durante millones de años atacó estos territorios hasta convertirlos en el enigma rocoso que son hoy. Y toda esta área pertenece a la Nación Navajo, que cuenta con una de las reservas más grandes del país, aunque siga siendo una imposición carcelaria. Ahora sacan dinero a los visitantes del monumento, si quieres ir por sus caminos interiores, que no es necesario ya que lo principal se ve desde la carretera.
Las distancias son enormes y es mejor llevar siempre lleno el depósito de gasolina. Por cierto, que está al mitad del precio que otros países, por las fuertes subvenciones que recibe. Todo está relacionado, las extensiones enormes del país, la venta de automóviles grandes, la gasolina barata para engañar al consumidor, proteger nuestras reservas e invadir todo lo demás para robarles las suyas. Nada nuevo.

Una de esas veces que llenamos el depósito fue en el territorio navajo. Interesante mezcla cultural la que se ve aquí. Impuestos especiales y mezcla de todos los rasgos de los que se forma la población del país. Desde los navajo, a los mexicanos, a los blancos sureños, a provincianos, campesinos, turistas… Nada relacionado con esa visión que nos viene a la mente cuando se habla de Estaos Unidos. Esto no es New York. Y el calor es mortal. Calor seco, extenuante, desértico.

Paramos en Kayenta comprobando las diferencias de las grandes ciudades a los pueblos de cruces de carreteras, provincianos, con unas pocas casas y todo lo demás franquicias de multinacionales, copándolo todo, en su única vía de consumo, de abstracción del conocimiento y cultura. Luego sería lo mismo en Tuba.

Cruzando una cordillera montañosa por un pequeño paso, Antelope Pass, mirando el principio de la tierra de los grandes cañones, empezando desde aquí hasta entrar en otra meseta y formar las dimensiones del Grand Canyon, con más turismo, buscando donde acaba el horizonte, entre separaciones cósmicas de colores y formas; fuimos avanzando hasta llegar a Page. La idea era visitar algo que visto en fotos tiene que ser sorprendente, que la gente te ha recomendado, y que vas a buscar, el Upper Antelope Canyon. No nos costó mucho encontrarlo, la verdad que la información es escasa y no hay planos exactos para situarlo. Pero es porque es territorio navajo que controlan su acceso. Eso explica el elevado precio de las entradas, a las que además tienes que pagar una tasa de nación navajo. No nos compensaba, era excesivo para sólo ver unas paredes, y además obligados a ir en grupo con guía. Una de esas cosas que odio. A la mierda con él. Decidimos ir a visitar Page, y la presa del Glen Canyon, la que separa el Lake Powell, del comienzo del Río Colorado, unido en él sus dos afluentes, que poco más adelante empezará a fluir entre auténticas murallas. La erosión empieza ya a hacer efectos imposibles, formando una autopista segura para el tránsito del agua del río.
 
Luego lo cruzaríamos para ver los pliegues de otra meseta, el único puente que cruza a la otra entrada del Grand Canyon National Park, la Norte, y que permite unir las dos caras separadas por el cauce del Colorado. Al pasarlo vimos un cóndor norteamericano, algo que no sospechaba existiera, y que más pequeño que su primo mayor del sur, nos daba vía libre al otro lado. Tras descubrir sus ingeniosas siluetas, el río desde arriba, tomar unas cervecitas, y ver como poco a poco el sol desaparecía, decidimos ir ya hacia el Grand Canyon National Park.

Entramos por la puerta Este, menos visitada, no tan principal y turística, y que nos sirvió para, además de ahorrarnos el pase, encontrar un camping no tan lleno como los de la entrada Sur, donde tienes que reservar con meses de antelación. Creo que en éste también, pero tuvimos la suerte de encontrar una parcela vacía, ya era tarde y no esperábamos que viniera nadie. Ocupamos la parcela, ese estilo de camping salvaje, que iba funcionando, con un poquito de cena, la tienda y a descansar. Después de cada día, acabamos recorriendo mucha distancia en carretera y se notaba el cansancio, cuando te tumbabas en el saco, durmiéndote en segundos.

Otro amanecer, en éste casi nos descuidamos y el guardaparques nos pilla. Pero nos dio tiempo a salir antes de su llegada, y empezar con los primeros rayos del sol, el recorrido por el gran cañón.

Yo estuve en una ocasión anterior, y aun así me emocioné de nuevo al ver lo que se aparecía ante mis ojos. No abarca la mirada a contemplar las dimensiones de éste, el único del mundo con el apelativo de Grand. Monstruoso, colorido, exultante, sabiéndose el protagonista absoluto de los pensamientos de los que empezábamos a observar su descomunal belleza. La de las cosas magnas, únicas, con detalles deslumbrantes, e inspiraciones existenciales tras la intrascendencia de cualquier otra cosa pasada. Es tu momento con el planeta, con la representación de uno de sus exponenciales valores, de una las  maravillas del Mundo Natural.




Después de ver la entrada este, se sigue de mirador en mirador contemplando cada visión, como si fuera tu destino único. Cada instante es diferente. Al llegar a la entrada Sur, se evidencia donde llega el turismo de masas, los autobuses, y los circuitos organizados. Da lo mismo, seguimos observando todo lo que podemos, a la que vamos recorriendo su borde. Sorprendidos por ardillas; que aparecen por todos los parques nacionales, por las ciudades, y por todos sitios en general, cada una distinta a la otra, y con diversas actitudes según lo acostumbradas que estén al contacto humano; por algún ciervo, los machos son enormes, y gente a montones; al final fue la lluvia la que marcó la jornada. De poco a poco fue creciéndose en cantidad y con ella los relámpagos a lo lejos, estando cada vez más próximos. Al punto que advirtieron del peligro de caídas de rayos en estos momentos y nos resguardamos, por si la mala suerte nos quería saludar.






Al ver crecer la lluvia, decidimos cambiar de aires e irnos hacía la Ruta 66, o el trozo que habían dejado como simbolismo histórico, el resto se ha convertido en la Interestatal 40, desapareciendo a su paso aquellos años donde la recorrían las motos, los autos o lo que fuera de Los Ángeles a Chicago.
Empezando por el pueblo de entrada, el más turístico de todos, en el que te encontrabas a españoles a patadas, a turistas con sus cámaras gigantes preparadas para retratar este mini parque de atracciones tematizado. Y es que Williams, intenta representar la cultura de la época, las señales de Ruta 66 por todos lados, los coches antiguos, algún tipo vestido de vaquero paseando por sus calles y demás simbolismos, fácilmente identitarios.


Después sólo algún detalle en Seligman, el resto poco más, además de que se empezaba a hacer de noche y teníamos que llegar a Las Vegas.

Desde Kingman, tomando la 93, es una línea casi recta y espaciosa, una autopista preparada para la llegada nocturna al nuevo destino. Pisándole, pasando ya en la nocturnidad la presa Hoover, esa que suministra energía automatizada a Las Vegas, nos acercábamos. Y tras ella, las luces.

Un jodido océano de luces, desde las más pequeñas, a las que rodean todas las carreteras, a la de las casas de los barrios periféricos, a la de los edificios, y finalmente la de los rascacielos de los casinos y hoteles. En su monstruosidad, su esencia, en su creación la evolución humana, en su brillo nocturno su bien tejida telaraña. Algo tan incomparable con nada que hayas visto antes, como peligroso en la llegada a tu mente. Una apertura sensorial, para captar la separación de la lógica, la eliminación de la ética, el absurdo más representativo de nuestra sociedad, la global (que una como éstas quieren mandarla para Madrid) Asusta a la vez que hipnotiza. No perder la razón será primordial. Tampoco prenderle fuego.

A la que nos adentrábamos al principio del mal, la evocación de la deshumanización, de la prioridad más consumista, dejábamos atrás los momentos de empatía con la naturaleza más indómita en su desproporcionalidad. Un cambio tan contrastado como extremo. Casas, señales luminosas, letreros de neón, coches, y el olvido de la noche como compañía. La luz es tan estimulante que no se es consciente de la hora en la que te encuentras. Y los casinos, uno tras otro, separados pero integrados. El promotor de todo este circo, Sheldon Adelson, es el señor que dona la mayor cantidad de dinero, por las presidenciales, a la candidatura republicana, en juicios por fraude, extorsión, y malversación, en firma de contrato con la especulación creciente del EuroVegas, del ridículo absoluto para el futuro de España. Cada uno con lo suyo, los problemas globales.




http://vk.com/video_ext.php?oid=161413874&id=161746466&hash=ee779fb924027d19&hd=1

Una vuelta por la noche, un recorrido de la avenida principal, The Strip, y buscando un motel económico. La idea de ocupar una suite del Bellagio, al estilo del camping salvaje, no siguió su rumbo.





Luego andaríamos y observaríamos, haríamos nuestros minuciosos análisis, comparativas, pronósticos. Una ciudad donde todo está permitido, la prostitución es legal, las drogas están por todos lados, el dinero derrochándose, pocas veces ganándose, las ventanas tapadas para que nadie salte, las aceras enlazadas unas a otras, casino con casino, boutique con boutique, los relojes eliminados para que nadie sepa donde vive, todo abierto a todos, desde el pequeño casino de las afueras a los más importantes, mezclándose, homeless, personas que se buscan el día a día tocando por las calles, las limusinas de lujo, las personas excesivamente bien vestidas, la gente de las provincias, o los magnates internacionales. Mucha luz, sonidos, música, gritos, borrachos, degeneración, y tanta cantidad de todo, que tu cerebro no lo asimila. Colapsa, no da abasto en todo lo que se sucede.



Extremos unidos en un todo uniforme, sin fisuras, el engranaje perfecto del pecado. Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. No hay vuelta atrás.

Nombrar los casinos no importa, sus nombres se han instalado en el imaginario colectivo. La industria unida y homogénea del cine y la falsa cultura, nos lo han gravado a fuego. Los detalles sobran, hay que verlo para criticarlo y odiarlo, pero es algo que una vez en la vida te marca el camino hacia donde seguir, de donde vienes y que quieres. Los pies en la tierra, más aferrados que nunca, más conscientes que siempre.




De vuelta a Denver, cruzando las fronteras de Nevada, Arizona y Utah, entre la nada, pasando algún pequeño pueblo, llegamos a dormir al Zion National Park. Llegamos pero no lo conseguimos, esta vez estaban llenos los campings. Probamos suerte en uno fuera del parque, en el pequeño pueblo turístico de Springdale. No había sitio. La improvisación nos llevó a dormir en el quiosco de un parquecito. Montamos la tienda sobre el hormigón, rodeados en su techado por murciélagos que empezaban su nuevo día, en su caso, la noche. 

Como siempre, la desmontamos antes de que alguien nos viera, a primera hora de la mañana, y nos dirigimos raudos al parque para entrar gratis. Otra misión cumplida. Eso sí, con los días, el sueño y el cansancio, se van acumulando. Menos mal que el café es barato.

No sabíamos nada del Zion. Nos pillaba de camino de vuelta y podíamos acampar. Eso quizás hizo que aumentaran las expectativas. Y se vieron compensadas con creces. Es precioso. Esta vez vas dentro del cañón formado hace tiempo, acompañando al río entre paredes verticales que te obligan a mirar hacia las nubes constantemente. Y aquí, hay senderos por todos sitios. No hace falta usar el coche. Se deja en el primer parking y se toma un autobús gratuito que va haciendo paradas por el camino. Hasta llegar a la mejor de todas, la más conocida. La última del trayecto. Eso no lo sabíamos, pero tuvimos la suerte de empezar por ella. Puedes ir viendo todos los puntos desde el bus y dedicarle todo el resto del tiempo a ésta. La parada de Temple of Sinawava. El máximo exponente del parque.






Empezamos a andar el sendero dándonos cuenta que a los 15 minutos se acababa y llegaba al rio. Pero la gente cruzaba. Las jodidas pocas personas que había a esta hora, bien prontito, estaban preparadas con palos y con botas especiales para el agua. El sendero iba por ahí. Cruzando de lado a lado, y en ocasiones dentro de él, ya que el cañón se estrechaba hasta tal punto que estabas entre sus laterales, con solo el rio de separación entre ellas. Eso no lo sabíamos pero teníamos interés por seguir viendo lo que había más adelante. Nos quedamos descalzos, nos subimos los pantalones, nos hicimos con unos palos, y con cuidado empezamos a caminar.



Una maravilla. Las formaciones que te enseñaba el cañón eran increíbles. Sólo que el suelo pinchaba, y algunos puntos del rio cubrían bastante. La gente se nos quedaba mirando sorprendida por nuestro estilo. Bien único. La diferencia de los equipos que eran tan profesionales como andar por una calle normal. Sin riesgo, sin mérito. Senderos preparados para todos los públicos, y éste que se complicaba, tenía su truco también. Para nosotros fue más intenso, más aventura, más gracioso. Así se disfrutan las sensaciones. Viviéndolas. 




Luego se complicaba más el rio y nos volvimos. Estaba bien por ahora. Nos volveremos a ver las caras. El sendero dura unas 8 horas.

Vimos los demás puntos, con menor interés después de empezar por el mejor. Tras una necesaria siesta, salimos del parque por la carretera que sube a la parte alta. Ahora se veía todo desde arriba. Genial. Pasando por el Mont Carmel, por otra reserva de bisontes, y recorriendo la  89, entre montañas, árboles y paisajes escénicos, el Bryce Canyon National Park, que nos saludaba, enlazamos la interestatal 70, recorriéndola hasta que cayó la noche, otra vez.



Decidimos parar a la altura de Green River. Pareciera que aquí íbamos a encontrar algún sitio para descansar, había varios carteles. Y en uno nos quedamos. La sorpresa fue a la mañana siguiente, al ver que era el camping de un campo de golf. Cosa que nosotros estéticamente no aparentábamos. Da igual salimos rápido.

El camino de vuelta fue el mismo que el de la ida, salvo que nos tocó un atasco enorme de regreso del fin de semana. Atajando como podíamos el estrés de llegar a tiempo a devolver el coche, perdiéndonos en la entrada a Denver, y apurando los últimos minutos; acabamos nuestra primera incursión en otros estados, cansados, pero enormemente satisfechos de lo visto, vivido y experimentado.

21 septiembre 2012

ANÓNIMOS (Cuento)



Cuando llegas a una ciudad nueva, todo es una aventura. No conoces a nadie y te toca empezar de cero. Si te has estado moviendo en tu inquieta vida nómada, ahora no es la primera vez, todo es rutinario. Lo primordial es encontrar un piso compartido con personas sociables. Compañeros que te abran la puerta de su casa, y un poco de sus vidas. Un enlace para empezar a conocer la ciudad. Eso si no tienes previamente un trabajo. Si ya tienes éste, desear que no sean todos unos cabrones y te amarguen la vida. Aunque esto es más secundario. De los compañeros de trabajo puedes pasar, éste es un medio, no un fin. A la salida de él, es cuando empieza tu vida. Lo otro que se quede atrás bien atadito. Sin interferencias. 

Lo mismo se podría aplicar a los romances esporádicos entre compañeros de ese forzado imperativo de existencia. Si entras no vas a salir bien. Mejor dejarlo de lado. Muchas veces la gente no tiene más vías de sociabilizar o de echar un polvo, que con la gente con la que pasa la mayor parte de su día a día. A la larga son a los que más acabas conociendo. Pero romper con esa imperante necesidad y postergarla lo más posible, te salvará de muchas frustraciones y comeduras de cabeza.

Por esto, desde mi perspectiva, me interesaba encontrar un piso dónde explayar mi independencia y organizar mi tiempo libre, tiempo de vida, o la vida en sí misma. Cuanta mayor empatía con los cohabitantes mejor. Esa idea es la que me rondaba por la cabeza. Luego ya intentaría ganar mi dinero. 

Todo el mundo hace entrevistas previas para captar al mejor candidato. Esto es una puta mierda. Muy incómodo hablar una y otra vez de tu vida con extraños. No tienes nada que ocultar, no he matado a nadie (aún), ni soy un fugitivo, ni adicto a drogas extrañas (de esas tropicales, alejadas de las de uso cotidiano), ni hablo sólo (bueno depende del día), ni me han abducido alienígenas, ni los llevo dentro, ni soy hijo de ningún predicador, ni pertenezco a secta alguna, mis pedos no huelen (alguno suena de más, pero intento estar alejado del resto), no me gusta cocinar con nitrógeno líquido, ni hacer malabares con fuego dentro del salón, limpio mis últimas gotitas tras mear, y enciendo barritas de incienso tras cagar (a veces al revés), no tengo mascotas (siempre que me acuerde de quitarme la pelusa del ombligo a tiempo), si llevo a gente a casa no es para esconderlos de la policía, no toco ningún instrumento de mayor tamaño que un compañero de piso y no tengo intención de hacerme una lobotomía y olvidarme de todo esto.

Además, aunque todo esté bien, tienes que pasar el canon estético de algunos inquilinos. Mal con los góticos, los pijos, los seguidores de Star Trek o los ayudantes de Santa Claus.

Y, claro, ver si después de todo el cuarto que te toca no es un timo. A ser posible más grande que una bañera, que me pueda poner de pie, que las tuberías del baño no pasen por el techo, que no me clave el suelo, que no esté decorado de Disney, o la cama sea un Mickey Mouse, que no haya sido asesinado ningún cantante de ópera dentro de la habitación, que no tenga la salida del metro de la ciudad de las cucarachas.

Desespera. Realmente desespera. Hay días, que la frustración de la entrevista te obliga a encontrar un bar donde apaciguar tus penas. Unas penas que odias al extremo, por la incompetencia de algunas jodidas personas. No saber encontrar en ti la perfección de la que tú eres consciente. No ven la increíble variedad de posibilidades que habrá con tu compañía. Son unos ignorantes. Acabarías prendiendo fuego a alguna que otra casa de prepotentes prejuiciosos. Pero una buena cerveza te relaja. Otro día irá mejor. 

Cada entrevista vas depurando más tus respuestas y te crees el rol en el que te estás metamorfoseando. Un rol tirando a neutro. Evitando las respuestas extremas que puedan llegar a una confrontación dialéctica, o en su defecto, esa pasividad ingenua, que brotará en cólera hacia tus espaldas, cuando ya no estés en su cobarde presencia.

Que importancia encuentran algunos en compartir un piso de mierda. Ni es vuestro, ni vais a ganar nada con esto. Es la jodida sensación de poder, de tomar el control de tu espacio y dominar al nuevo, al débil, al inferior, en circunstancias en las que tus inseguridades se convierten en el epicentro de tu renacido ego.

Tras varias entrevistas ya sabes la duración de éstas, al ver la casa, la habitación y la cara del que se sienta a hacer preguntas frente a ti. No pierdes tiempo. Predices las infinitas posibilidades y te ahorras la pérdida de aquel. No me interesa, muy pequeña, poca luz, no me convence la orientación de la habitación respecto a mis estudios de feng shui, está muy lejos el cuarto de baño y tengo incontinencia nocturna urinaria, el pasillo es demasiado corto para andar por él con mi skateboard, la cocina no es de vitrocerámica, o de gas o eléctrica, no tenéis bombillas de bajo consumo. Todo vale. Es mejor que aprendas a divertirte en la absurdez de estas situaciones.

Más tarde, te reirás de ellos. Hablarás sólo en la entrevista presentándoles tus amigos imaginarios, amagarás con inyectarte heroína, te empezarás a masturbar delante de ellos mientras les pides que te hablen de sus madres, practicarás ese nuevo método de echar espuma por la boca, o unas cápsulas de sangre artificial, gritarás emocionado cada respuesta a sus preguntas, llevarás una petaca de alcohol puro sólo para que huelan lo que bebes. Si sabes que no te van a elegir, mejor anticiparte y hacer memorable tu actuación, que tengan luego tema para hablar.

Me creía tanto mi papel, que ya ni me interesaba buscar el piso. Sólo quería ir a las entrevistas para liberar mi imaginación. A su vez me sirvió de terapia. Unas clases de auto conocimiento de mis capacidades interpretativas. Y era bueno. A mí me encantaba.

Lo mejor llegó un día, en que había preparado mi mejor repertorio. Ni vi la habitación, ni la cara de mi huésped. Directamente me senté arrascándome los huevos, eructando y sacándome mocos por la nariz, mientras hacía gestos de lo más grotesco imaginado. Luego me reí sarcásticamente, como si mi cerebro se hubiera detenido en los seis años. De las mejores. No presté atención a la reacción de mi interlocutor. Me disponía a irme.

-¿Ya te vas? Si aún no hemos hablado de nada serio.

- Bueno tengo algo de prisa, y no me acabó de gustar el piso- respondí automatizado. 

- Ni lo has visto. Has entrado a hacer tu numerito y nada más. Tú y yo sabemos por qué.

- ¿De qué me estás hablando?- ahora sí que había reclamado mi atención.

- Yo pasé por tu misma situación hará un año. Me cansé de aguantar las ridículas especulaciones sobre mi personalidad de gente que no valía para nada. Auténtica basura de personas. No sé tú, pero a mí me encanta el teatro y empecé a divertirme a su costa. No encontré en meses nada. Hasta que entré en este pisito. No había nadie. Lo alquilaba yo sólo. Bueno, es para dos personas. Pero me prometí no hacer las mismas entrevistas que me habían hecho a mí. Al primero que le gustara, para él. Pero es demasiado pequeño. Nadie se ha interesado por sus encantos. Hasta que tu has llegado y me he visto reflejado en tu actuación. Es buena, si lo que quieres es causar repulsión. Por cierto, me llamo Raúl.

Me había impresionado. No esperaba que pasara esto. La cara de Raúl me seguía mirando con la naturalidad de quién se sabe con la verdad. De quién ha ganado su partida. Sus pequeños ojos achinados, balanceándose en unas visibles ojeras, hacían juego con el dinamismo de los hoyuelos que se formaban en su cara al hablar y sonreír. Era el rostro de la bondad. Sentí cierta empatía con aquél individuo. No veía malicia en sus palabras, ni en su mensaje extra corporal, algo que me acostumbré a analizar, perfeccionándome en ello. Además, su estética era de lo más común, no resaltaba en nada, igual un pequeño toque de alternativismo, pero suave, sin llamar la atención. Sencillo sería la palabra. Me interesé por seguir conversando con él.

-Me pillaste. Yo soy Edu. Creo que ahora si que podemos ver el piso. Pregúntame lo que te apetezca- hace días que no volvía a ser yo mismo.

- Si te gusta para ti. Ya nos iremos conociendo de a poco.

Tenía razón. No era muy grande. Tras pasar el pequeño salón con un sofá deshilachado en partes, y una mesita de madera añeja con una extraña fusión de atípicos colores; para apoyar todas esas cosas que siempre deseas dejar tiradas, pero sin querer esparcirlas por el suelo, engañándote en tu desorden organizado; aparecía un pequeño pasillo de no más de tres metros, diferenciando las cuatro puertas que le seguían a los lados. La primera a la derecha escondía la cocina. Humilde. Sin lujos. La mantenía limpia eso sí. O no cocinaba mucho, o era obsesivo de la limpieza, o buscaba el punto neutro. A mí que me encantaba cocinar. Me parecía del tamaño preciso para mis menesteres. Enfrente se encontraba su habitación. Más sencillez. Una cama de matrimonio, una mesita de aires vintage con un portátil, y un armario de dos puertas, de esos que te montas tú mismo, no ya tan ordenados, pareciera que alguien buscaba desesperadamente algo. De un color apaciblemente amarillo, y con una ventana que daba al exterior, su habitación estaba bien iluminada. Y alta, no me acordaba cuando subí en el ascensor, pero me encontraba en un piso doce. Bastante alejado del suelo y con unas vistas de la ciudad envidiables, si te gustaban esas alturas. Los hay que prefieren sótanos. Luego estaba el cuarto de baño. Con un novedoso color verde oliva, contaba con lo básico. Una ducha con signos de haber eliminado a sus inquilinos mohosos, el retrete y el lavabo con un pequeño espejo armario encima de él. Aquí también comprobé que mantenía la limpieza justa, aunque algo se esmeró antes de mi visita. No había pelos en la ducha, ni pasta de dientes chorreando, ni ropa interior tirada por el suelo. Si vi alguna revista para leer en esos momentos de desestresamiento del intelecto. La liberalización del amiguito que se va de vacaciones. El paso de lo abstracto a lo concreto. La sencillez de cagar y leer. La temática era científica. Eso me entusiasmaba. Y para acabar aparecía lo que sería mi habitación. Un poco más pequeña que la de él, sin cama de matrimonio, sólo una simple que me bastaba en mi actual situación de soltería, con la misma mesita y armario. El color era un poco más azulado, pero a mí, eso me daba igual. Lo importante era la cantidad de iluminación natural de que poseía.  Eso marcó la definitiva diferencia para encontrar acogedor el piso. Me lo quería quedar. No reflexioné mucho.

-¡Está de puta madre, Raúl! Si es por mí, no se hable más. Me lo quedo. Es perfecto para mis necesidades.

-Intuía que iba a ser así. Iba añadido a tu personalidad al verte actuar-me abrumaba su parsimonia- Pues cuando quieras te vienes. Y si necesitas ayuda con la mudanza me dices.

No hablamos del precio. No parecía caro. Y, además, quería comprobar como resultaría la convivencia con Raúl. Había algo que me daba buena espina. Ni me había fijado lo bien comunicado que estaba. Muy cerca de las paradas de autobuses y del metro. Y no a más de 30 minutos andando del centro de la ciudad. Parecía que tuve buena suerte, al fin y al cabo.

La mudanza fue rápida. No tenía muchas cosas y me fue fácil transportar lo poco que poseía. Mi habitación estaba acondicionada en la primera tarde. Sentía las palpitaciones de la nueva estancia. Lo que necesitaba. Una excitación de tranquilidad. Primer salto sobre la cama. No muy espaciosa pero confortable.

Una vez acomodado, lo primero que hay que hacer es suministrarte sustento alimentario. Bueno y si te gusta la cerveza, también hídrico. Y tenía los supermercados muy cerca. Ese ahorro de tiempo, energía y contaminación, que es ir a los sitios a pie. Todo un lujo.

La primera tarde fue ociosa. En demasía. Raúl no había vuelto a casa del trabajo, y yo no tenía ganas de empezar a buscar uno el primer día, recién instalado. Me recosté sobre el sofá, curtido en sostener e intentar acomodar a anteriores inquilinos, con una cerveza bien fría. Y que mejor para acompañarla que un buen porro. Eso que nunca falte. Un pequeño vicio que me ayudaba a ir tirando de aquí para allá. Un amigo inseparable, que me abría mis nuevos caminos, en su eterna sabiduría, en su inabarcable paciencia. Pronto me mostraría nuevas puertas. Una exultante relajación recorrió los poros satisfechos de mi piel. Mis neuronas se tranquilizaban tras encontrar al fin un piso dónde vivir. Lo siguiente sería encontrar ese trabajo, que te resguarde de las necesidades básicas. Ya nadie busca la perfección. Tampoco se me caen los anillos. Lo que sea que encuentre será bienvenido. No es plan de nada más llegar empezar a sindicalizarme. Algo que sería necesario, tal como van las cosas con las reformas laborales de mierda. Nada es seguro. Sólo el sobrevivir. Lo más personal e intransferible que se pueda imaginar. Y como tenía experiencia en varios sectores, podía ampliar la búsqueda a dónde quisiera. Las ventajas que tiene el autodidactismo, la lucha por el conocimiento como autosuficiencia. Siempre llega el momento de la recompensa. También tiene lo suyo aprender a falsear el currículum. Yo creo que todo el mundo lo hace, pero los hay que tienen más clase.

La relajación que me provocó la fumada, me dejó dormido en el sofá. No mucho rato, al final me desperté a medianoche. Y no por mí sólo. Un ruido seco retumbó en mi cabeza. Cómo si una víbora me hubiera mordido en el culo, me levanté inquieto. Todas las luces estaban apagadas y no se veía movimiento alguno. Raúl no había llegado aun. Mire la hora, intentando enfocar con mis somnolientas pupilas los números extremadamente brillantes de mi reloj, sorprendiéndome de la velocidad del paso del tiempo en los periodos más calmados de vida. Bueno me voy a estrenar la cama, que me levantaré sin sentir el cuello roto. No era tan confortable como pensé ese sofá. Un efecto que siempre tienen éstos, te engañan, te traicionan. Luego te dejan machacado.

Oí unos pasos. Quizás los sentí más que oírlos. Entre las penumbras del pequeño piso se deslizaba Raúl. No me vio, y yo a él menos, ¿qué hacía a oscuras? Pensaba que estaba aún trabajando. Se cruzó delante de mí y ni me miró. Se dirigió al sofá y sentándose en él, observó atentamente la televisión, pero estaba apagada. Sus ojos abiertos al máximo, no pestañeaban. Seguían mirando hacia el frente, hacia la nada. Mantenía sus manos apoyadas en las rodillas, con la espalda recta, como si esperara a alguien. 

-Eh, Raúl, ¿cómo va eso?- le pregunté, intentando provocar una reacción a mis palabras.

No hubo respuesta. Seguía inmóvil mirando al mismo punto. Le volví a preguntar con el mismo resultado. No se movía. Pareciera que me evitaba o que estaba bromeando. Por lo poco que pude hablar con él al principio, se le veía un tipo inteligente y con sentido del humor. No sabía que le ocurría ahora. Estaba ido.

                                                                                         

Justo cuando decidí ir a hablar con él más de cerca, miró su reloj y se levantó como un resorte. Sin dudarlo y atrapado en el mayor automatismo, abrió la puerta y salió del piso. Cerró de un fuerte portazo. Volvió a quedarse todo en penumbras. Yo permanecí de pie, mirando a la puerta sin entender lo sucedido. Me iría a dormir, mañana le preguntaría si estaba bien, tenía algún problema conmigo o que coño le sucedía.

Creo que es uno de esos colchones que no recomendaría ningún ergonomista o fisioterapeuta, pero que a su vez te hace dormir más placenteramente, que te acoge y se fusiona contigo en el mismo ser. Dormí como un bebé.

Tras la primera meada del día, la cara bien lavadita, y los mocos expulsados de mi organismo, me fui a hacer un café. Allí me encontré a Raúl sentado en una de las dos sillas de la pequeña cocina. Sillas sacadas de algún basurero por su estado deplorable de conservación. En una de ellas se hallaba mi compañero de piso mirando a los fogones. Había una pequeña cafetera de negro aluminio, manifiesta de su uso continuo, comenzando a echar humo seguido de un silbido chirriante. El olor a café recién hecho es inconfundible. Raúl se levantó a servirse.

-¡Buenos días Raúl! ¿Cómo has dormido?- dándole una palmada en el hombro, buscando quizás su atención.

Siguió sirviéndose el café en la taza más horrorosa que he visto jamás. No se digno a mirarme. Le veía dar pequeños sorbos al líquido evitando abrasarse con él. Sus ojos intentaban desentrañar los misterios del fondo de la taza, o meditar sobre ellos. Luego se sentó de nuevo. Yo también. Si tenía algún problema conmigo esperaría a que se decidiera a comentármelo. No fue así. Bebía sus estúpidos sorbitos de café. Me desesperaba con la situación. 

-Oye tío ¿te pasa algo conmigo?- decidí ceder a la inquietud.

Silencio. Una cosa que de normal odiaba, más me estresaba en estos momentos. Maldito cabrón háblame o te reviento la cabeza en los fogones. No me quería irritar. Esperé a una tardía respuesta que no llegó. Cuando acabó su café depositó la taza en el fregadero, que estaba lleno de otras tazas.
Al verlo salir de la cocina, en un salto me posicioné delante de él, impidiéndole el paso. Ahora me ibas a ver. No cambies la dirección de tus jodidos ojos ¡Háblame!

El cabrón se quedó mirándome directamente a la cara. Sin pestañear. Adueñado del vacío. De la nada. Su mirada estaba hueca. Sin brillo. Apagada. No sentía. Agité mis manos delante de su rostro, sin reacción alguna. La situación era estúpida. No había visto nunca nada igual. Tras unos segundos interminables, me aparté de él. Se fue al salón y se sentó en la misma posición que la noche anterior. Me senté a su lado. Como si nada, pasó sus brazos por delante mio y cogió un libro que estaba cerca. De aspecto antiguo, con el lomo rasgado por el uso, y rescatado de algún anticuario, lo abrió con suma delicadeza. Pude leer en su lomo: “Manual de Psicología del Comportamiento”. Estaba leyendo. Me ignoraba, pasaba de mi puta existencia para mirar ese puto libro. Sentía odio. Algo visceral que se salía de la normalidad. Producto de la impotencia, tal vez, intenté echar un vistazo a lo que se priorizaba contra mí. No me lo permitió. Inclinó el libro hacia sí, lo justo para que no llegara a ojearlo. Él continuó.

-¡Vete a la puta mierda!- hablando a la pared.

Me estaba jodiendo, no lo aguantaba más. Me puse de pie y me fui hacia mi habitación. ¡Joder que compañero de piso!

-Edu, ¿Buenos Días? ¿Cuando llegaste?- el sonido rompió el silencio como una cuchilla rasga la fina superficie de una hoja de papel.

-Ahora te dignas a hablarme- le esputé, encarando con mi mirada, en busca de una explicación.

- No se a qué te refieres. No te había visto hasta ahora- su cara de asombro era de una realeza deslumbrante. Parecía creerse lo que decía.

- Si estaba sentado al lado tuyo hace unos segundos - tranquilizando mis pulsaciones.

-Yo no te he visto hasta ahora, ¿de qué me estás hablando?

- Te estás quedando conmigo. Estaba en la cocina mientras te bebías el café. Luego me he sentado a tu lado cuando leías el libro- no entendía lo que pasaba.

- ¡Qué cosa más rara! A veces estoy tan absorto en mis pensamientos que no me doy cuenta de las cosas que pasan. Perdona por mi descuido. Espero que no estés enfadado- tan melodiosa su voz que me encandilaba. Tendría razón y no se enteró. No parecía mentir. Y daba muy buena onda.

- No te preocupes. Igual eran imaginaciones mías- intentando olvidar la situación y empezar de nuevo.

- Entonces ya estás instalado. ¡Genial!

Daba gusto hablar con él. Todo oído. La escucha pasiva. Una tranquilidad y armonía que parece te psicoanalizaba. En un momento nos pusimos al día de nuestras vidas, estudios y pasiones. Gustos e inquietudes en la sociedad actual. Nuestro pensamiento se acercaba en similitudes prometedoras. Mismo pensamiento político. Bien a la izquierda. El orgullo de querer otro sistema más justo. Misma música. Que no falte el rock, por llamarlo genéricamente. La perfecta conversación.

Su trabajo no era complicado. Trabajaba de camarero en una cafetería de abuelos. Una de esas tascas que aún aguantan las embestidas de los locales de moda más absurdos y modernitos. Un sitio donde poder oír historias de antaño, algo que se echa en falta al hablar con las mentes deshumanizadas de cualquier otro bar. Auténticas situaciones de supervivencia que hemos olvidado. Bares de los que se aprende. La escucha del infinito de la memoria. La puerta a nuestro entendimiento. A veces descolocado en ideas más conservadoras, la sorpresa de la evolución vertiginosa de la sociedad. Otro punto de vista para comprenderla. Clientes fieles en busca del espacio de seguridad. Un último intento de romper la monotonía de la rutinaria vida de jubilado. El escape.

Entre una cosa y otra, se nos pasó el tiempo sin enterarnos. Además nos habíamos quedado sin cervezas. Igual era la primera vez que coincidía tanto en puntos de vista con un nuevo compañero de piso. Prometía.

-Edu, me tengo que ir al bar. Luego nos vemos.

La tarde la dediqué a mirar por internet páginas de ofertas de trabajo. Fui anotando las que a priori me apetecían más. Nada complicado. Quería controlar bien la ciudad y cuando me manejara en ella, buscar un empleo más estimulante.

Se apareció la noche. Ya tenía una extensa lista de por dónde empezar. Por la mañana iría a dejar en persona los currículums. Para mí era la mejor opción. Si tienes tiempo, que te vean la cara es más cercano y puede ayudar. Aunque muchas veces no llegas más allá de la mesa de la secretaría.
Otro golpe seco. Raúl entró. Pasó por el salón sin mirarme. Las luces estaban encendidas, no podía darse cuenta de que no estaba.

-¡Eh, tío!- tan fuerte como pude.

La misma mierda. Pasaba de mí culo. Le seguí a la cocina para hablar con él, pero salió de esta para entrar al baño. No cerró la puerta mientras meaba. 

-¿Qué tal en el bar?- aunque a sus espaldas, necesitaba una respuesta.

¡Esto era de locos! Habíamos estado toda la tarde hablando de como resolver los problemas del mundo. Y ni me miraba. Joder, me sentía como una novia a la que dejan plantada en el altar. No es bueno abrir el corazón tan rápido ¡Pero que coño le pasaba! ¿Acaso tenía doble personalidad? ¿Maniaco-depresivo?

-Espero que se te caiga la polla, cabronazo ¿Me oyes? 

Nada. Se lavó las manos y salió sin rozarme ni inmutarse. No iba a quedar esto así. Le seguí para intentar buscar una explicación. Se sentó a leer de nuevo ese envejecido libro medio carcomido. Me coloqué delante suyo para que me viera. Incluso hice todo tipo de muecas y algún baile estúpido. Por mis cojones que me iba a ver. No era así, tras minutos leyendo, cerró el libro y se marchó de casa. Cero palabras. Vuelta a lo mismo. Intrigado, abrí el libro por la página que tenía separada ¿Por qué era tan importante? Leí una frase que me paralizó. El título del capítulo que andaba estudiando: “Cómo convivir con conscientes”. Joder, que coño era eso. No seguí leyendo. Salí de casa para buscarle ¿Que le pasaba? Le seguiría. De alguna manera, esta era una de esas historias que te suceden una vez en la vida. Contarlo después es lo mejor. Y me apetecía tener una excusa para seguir a alguien. Despertar el detective que todos llevamos dentro. Sin complicaciones. No creo que las hubiera.

No andaba lejos. Lo detecté cruzando una calle más allá. Muy fácil. Con la distancia prudencial, observé su paso firme unos largos minutos. Su espalda sorteando gente que venía en dirección contraria ¿Media hora? Cuando la adrenalina es alta, el tiempo pasa volando. Llegó a un portal. Comprobé el óxido que corroía sus rejas. Se paró a esperar que le abrieran la puerta tras llamar al telefonillo. Me acerqué rápidamente para que no se cerrara. Le di unos pasos de distancia. Ahora estaba mucho más cerca, si no le perdería. Subió por las escaleras con el paso muy firme, estructurado en similitud de las comparsas militares. Unas escaleras de madera de un edificio antiguo. Amplias y con unos escalones de lo más lisos posible. Resbalaban. Solo faltaba que me cayera ahora. Subí con mucho más cuidado. Fueron dos pisos. Menos mal. Veía un ascensor en el hueco de en medio. Entro en una casa. La puerta estaba abierta. No la cerró. Bien por mí. Entre con cautela tras él. La adrenalina alcanzaba su máximo histórico ¿Dónde me encontraba?

Ante mí apareció una sala enorme. Bastantes personas ocupaban las sillas plegables negras que se disponían mirando hacía un púlpito en frente de ellas. El silencio reinaba. Esperaban el comienzo de algo. La austeridad de la decoración de la sala encajaba con las sillas. El suelo era de madera, con unas baldas antiguas que dejaban espacios vacíos entre ellas. Crujían. Mejor pisar con calma. No quería llamar la atención. Me senté en las últimas filas, pero no sólo. Para pasar desapercibido me acerqué a una señora de unos cuarenta años. Ni se inmutó. Miraba fijamente al púlpito. Dejé una silla de separación. No sabía de qué iba la historia. Prefería evitar hablar con nadie.

No veía diferencia alguna en los allá reunidos. Gente de lo más normal. Se movían entre los veintitantos y los cincuenta. Estáticos. Todos esperando. Yo también.

Ante mi asombro, vi andar a Raúl hacia el púlpito. Con la calma y tranquilidad que le caracterizaba, subió unos pequeños escalones y se ajustó el micrófono a la altura de la boca.

-¡Bienvenidos a la Asamblea por la Autodeterminación de la Sociedad Sonámbula!